lunes, 4 de agosto de 2014

Adán y Eva. Hombre y Mujer. Los dos creados de tierra buena



Adán y Eva aparecen en el libro del Génesis como representantes del ser humano, del hombre y la mujer, cuya vida proviene de Dios.
De manera ingeniosa y con estilo casi poético, el autor del Génesis plasma en el texto que Adán fue creado del barro y, después de que Dios lo puso como administrador de todo lo creado, le dio por compañera a Eva. Así que los dos, hombre y mujer, fueron creados a imagen y semejanza de Dios.
En el principio todo era bueno. El ser humano estaba en comunión con su Creador, consigo mismo y con la creación entera. Pero engañado por el demonio, haciendo mal uso de su libertad y queriendo ocupar el lugar de Dios, el hombre permitió que el pecado entrara en el mundo.
Con el pecado, la comunión quedó fracturada y el destino del ser humano cambió de rumbo. Pero Dios, compasivo y misericordioso, hizo una alianza, y pronto se comprometió a rescatar a la humanidad que se le había perdido.

En el principio
Génesis es una palabra griega que significa: origen, principio. El primer libro de la Biblia recibe ese nombre precisamente por su contenido. Ahí se narra el origen del universo, del ser humano y del pueblo elegido por Dios.
El libro del Génesis no puede ser considerado ni como un libro de ciencia, ni como un libro estrictamente histórico. La intención de este libro es teológica. Esto quiere decir que las imágenes y los personajes han de conducirnos a descubrir que todo procede de Dios. Dios es el origen del universo y el creador del ser humano.
El texto que conocemos fue redactado en distintas etapas de la historia del pueblo de Israel. A decir de los especialistas, se terminó de escribir cuando este pueblo se encontraba exiliado en Babilonia, aproximadamente en el siglo V antes de Cristo.

Todo era bueno
La primera parte del Génesis relata que Dios lo hizo todo con orden, en armonía. Y después de crear con su palabra “vio Dios que era bueno”. Todo lo que Dios crea es bello y bueno porque está impregnado de sabiduría y de amor; la acción creadora de Dios trae orden, introduce armonía, dona belleza.
Luego continúa la creación del hombre y la mujer. Si para crear el universo bastó que Dios usara sólo su palabra, cuando se relata la creación del ser humano Dios se involucra con delicadeza, con ternura, con un cuidado especial. Además, después de formarlo, le comparte un poco de lo suyo: su aliento, su soplo de vida. Y cuando terminó de crear al hombre y a la mujer, no sólo vio que era bueno, sino que “era muy bueno”.
Dios formó al hombre con el polvo de la tierra. Esto significa que no somos Dios, sino que somos tierra. Como afirmaba en cierta ocasión Benedicto XVI, significa también que venimos de tierra buena, pues fuimos hechos por obra del Creador bueno. Todos somos una única humanidad plasmada con la única tierra de Dios, así que no existe diferencia de raza.

Una serpiente en el jardín
Junto a Adán y Eva hay dos signos relevantes. El jardín con el árbol del conocimiento del bien y del mal y la serpiente.
El jardín nos dice que la realidad en la que Dios puso al ser humano no es una foresta salvaje, sino un lugar que protege, que nutre y que sostiene; y el hombre debe reconocer el mundo no como propiedad que se puede saquear o explotar, sino como don del Creador, don que se ha de cultivar y custodiar, que se debe hacer crecer y desarrollar en el respeto y  la armonía.
La serpiente es una figura que deriva de los cultos orientales de la fecundidad. La Sagrada Escritura presenta la tentación que sufrieron Adán y Eva como el núcleo de la tentación y del pecado. La serpiente no niega a Dios, pero insinúa una pregunta tramposa: «¿Conque Dios les ha dicho que no coman de ningún árbol del jardín?» (Gn 3, 2). De este modo la serpiente suscita la sospecha de que la alianza con Dios es como una cadena que ata, que priva de la libertad y de las cosas más bellas y preciosas de la vida.

Una historia fracturada por el pecado
La tentación consiste en querer construirse solos el mundo donde se vive, en no aceptar los límites de ser creatura, los límites del bien y del mal, los límites de la moralidad. De este modo, la dependencia del amor creador de Dios se ve como un peso del que hay que liberarse.
Cando se desvirtúa la relación con Dios, con una mentira, o poniéndose en su lugar, todas las demás relaciones se ven alteradas. Entonces el otro se convierte en un rival, en una amenaza: Adán, después de ceder a la tentación, acusa inmediatamente a Eva; los dos se esconden de la mirada de aquel Dios con quien anteriormente conversaban en amistad; el mundo ya no es el jardín donde se vive en armonía, sino un lugar que se ha de explotar y en el cual se encubren insidias; la envidia y el odio hacia el otro entran en el corazón del hombre: ejemplo de ello es Caín, que mata a su hermano Abel.
Al principio todo cuanto Dios había creado era bueno; después de esta libre decisión del hombre a favor de la mentira, el mal entra en el mundo y genera destrucción y muerte.

Abraham: el intento de reconstruir la historia
La primera parte de la historia bíblica, hasta antes del capítulo tres del Génesis, es una historia de salvación. Pero a partir del pecado, desde el capítulo 3 hasta el capítulo 11, pareciera que esta historia se convierte en historia de maldición, en noche oscura y en callejón sin salida para el ser humano.
Pero a partir del capítulo 12, donde se narra la historia de Abraham y de los patriarcas, se plasma por escrito que Dios siempre abre una ventana de bendición y de futuro, retomando de nuevo la Historia de Salvación, de acuerdo a su proyecto original.
Por eso Dios invita a Abraham a que deje su tierra, sus parientes y la casa de su padre para irse a una tierra nueva, donde Dios hará de él un gran pueblo, lo bendecirá y hará famoso su nombre, para que por Abraham sean bendecidas todas las naciones de la tierra.
Cuando Abrahán  dejo el país de Ur, fue en el propio hecho de marcharse donde encontró a Dios; pero fue sin duda más que eso, porque fue por Dios por quien se marchó. Como estaba en sintonía con la voz de Dios, sobrevivió a lo que le había sido imposible soportar. Una y otra vez su camino se ve obstaculizado, el camino se le tuerce, las circunstancias son amenazadoras, las autoridades le ponen trabas, se queda sin recursos... sin embargo, Abraham no se siente derrotado, ni por los fracasos, ni por los cambios, ni por la desaprobación, ni por las dificultades del camino. Porque ha hablado con Dios y Dios con él; sólo la voz de Dios es la medida de su propósito y de su éxito.
Abraman es un ejemplo de cómo el encuentro con Dios revoluciona la vida y se es capaz de revolucionar la vida de los demás.

Jesucristo, el nuevo Adán
Si Adán no fue capaz de obedecer y de vencer la tentación, cuando llegó la plenitud de los tiempos, Jesucristo, el nuevo Adán, nos enseña que es posible obedecer y vencer la tentación, y conseguir así una vida plena, una vida de comunión con Dios, con los demás hombres y con la creación entera.
En Jesucristo, Dios, de quien nos hemos alejado, viene a nosotros y nos tiende la mano con amor. En Él, la armonía perdida puede reanudarse.
Jesucristo realiza exactamente el itinerario inverso del que hizo Adán: así como Adán no reconoce que es creatura y quiere ponerse en el lugar de Dios, Jesús está en una relación filial perfecta con el Padre, se convierte en siervo, recorre el camino del amor humillándose hasta la muerte de cruz, para volver a poner en orden las relaciones con Dios.

Si con frecuencia seguimos los pasos de Adán y Eva: camino de sospecha, de desobediencia, de mentira y de destrucción, el tiempo de Cuaresma se nos presenta como oportunidad para recorrer el camino de Jesucristo: camino de fe, de verdad, de obediencia, de humildad y de comunión.

Publicado en Vallarta Opina, 9 de marzo 2014.

viernes, 11 de julio de 2014

La medalla de San Benito y su eficacia contra el mal


Las medallas no son amuletos. Por eso no basta con tener una a la mano para alcanzar la salvación.
Las medallas –y otros signos, como los escapularios– están ligados a devociones con profundo significado religioso. Y quien los lleva consigo ha de respaldar su devoción con la oración y con un estilo de vida auténticamente cristiano.
La medalla de san Benito es una de las más usadas por los católicos, incluso por los jóvenes, quienes muchas veces no conocen su significado. Tiene de un lado la Cruz de Cristo y del otro la imagen de San Benito Abad.
Se remonta a una época muy antigua y su origen se debe a la devoción que el Santo profesaba al signo de la Cruz, mismo que recomendaba a sus discípulos para que vencieran las tentaciones y para que ahuyentaran al demonio. 
La medalla no es un adorno para el vehículo ni un llavero cualquiera. Si bien se trata de un signo que manifiesta la confianza en Dios, que protege del mal a sus hijos, traerla consigo también requiere vivir en Gracia para mantenerse alejado del demonio y de sus tentaciones.

El significado de las iniciales, en latín, es el siguiente: 
“Crux Sancti Patris Benedicti. Crux Sancta Sit Mihi Dux. Vade Retro, Satana. Numquam Suade Mihi Vana Sunt. Mala Quae Libas, Ipse Venena Bibas”.
El texto, traducido al español, significa: 
“Cruz del Santo Padre Benito. La Santa Cruz sea mi luz, no sea el demonio mi guía. ¡Apártate, Satanás! No sugieras cosas vanas, maldad es lo que brindas, bebe tú mismo el veneno”.

lunes, 3 de marzo de 2014

Miércoles de Ceniza: el inicio de un camino que conduce a la vida


La cruz de ceniza que se impone en la frente de los católicos marca el inicio de un camino de penitencia que tiene como destino final la vida, la resurrección. Y es que, si las prácticas penitenciales propias de la cuaresma –como el ayuno, la abstinencia y los sacrificios– no provocan el cambio de vida en el creyente, éstas pierden su verdadero sentido y se reducen a meras prácticas rituales que se repiten cada año y que se realizan sólo “por cumplir”.

Origen de la costumbre
Antiguamente, los judíos acostumbraban cubrirse de ceniza cuando hacían algún sacrificio como signo de su deseo de conversión y de pasar de su mala vida a una vida con Dios. Y la Iglesia Católica asumió esta práctica en sus primeros años de historia, pues al inicio, cuando alguna persona quería recibir el Sacramento de la Reconciliación el Jueves Santo, se ponía ceniza en la cabeza y se presentaba ante la comunidad con una vestidura penitencial, como señal de su voluntad de convertirse.
Fue en el siglo IV cuando la Cuaresma adquirió un sentido penitencial para todos los cristianos. Y desde el siglo XI la Iglesia de Roma acostumbra poner las cenizas al iniciar los 40 días de penitencia y conversión.

Significado de la ceniza
La ceniza representa la fragilidad humana, la limitación del hombre y lo pasajero de la vida. Significa que un día llegaremos a ser polvo. De ahí la propuesta del arrepentimiento y del compromiso de cambio.
Algunos libros del Antiguo Testamento mencionan la ceniza como signo de humillación, de arrepentimiento y de penitencia. Las personas colocaban su rostro cerca de la tierra, se ponían ceniza en la cabeza y utilizaban una vestimenta burda. En la actualidad, después de participar en la Misa, el cristiano se coloca un poco de ceniza en la cabeza o se pone una cruz en la frente, pero el sentido es el mismo.
Las cenizas que se utilizan se obtienen quemando las palmas usadas el Domingo de Ramos del año anterior, lo cual nos recuerda que lo que fue signo de gloria un día pronto se reduce a la nada.

Cuarenta días con sentido bíblico
El Miércoles de Ceniza marca el inicio de la Cuaresma. Son cuarenta días que se distinguen por la oración, la penitencia, el ayuno, la abstinencia y las obras de misericordia. Cuarenta días que los fieles de la Iglesia aprovechan anualmente para retomar su camino conversión.
En la Biblia, el número cuarenta tiene un profundo significado. El número cuatro simboliza el universo material, y seguido de ceros significa el tiempo de nuestra vida en la tierra, que está marcada por pruebas y dificultades. De ahí la importancia de los cuarenta días del diluvio, de los cuarenta años de la marcha del pueblo judío por el desierto, de los cuarenta días de Moisés y de Elías en la montaña y de los cuarenta días que pasó Jesús en el desierto antes de iniciar su vida pública.

¿Qué es el Ayuno?
El ayuno es una disciplina espiritual por la que, de manera voluntaria, la persona renuncia al consumo total o parcial de alimentos por un tiempo definido con el propósito de lograr un autocontrol sobre los deseos corporales y de abandonarse plenamente en Dios. Aunque también se puede ayunar con los sentidos y de cualquier tipo de complacencias corporales, no hemos de olvidar que el ayuno sincero debe estar unido a la conversión y a una conducta moral de acuerdo al Evangelio.
El Derecho Canónico nos dice  que todos los fieles, cada uno a su modo, están obligados a hacer penitencia. Sin embargo, para que todos se unan en alguna práctica común de penitencia, se han fijado ciertos días en los que se dediquen de manera especial a la oración, se realicen obras de piedad y de caridad y se nieguen a sí mismos.

¿Cuándo y cómo ayunar?
El ayuno y la abstinencia se guardan, especialmente, el miércoles de Ceniza y el Viernes Santo. La abstinencia obliga a los que han cumplido catorce años; la del ayuno, a todos los mayores de edad, hasta que hayan cumplido cincuenta y nueve años.

Para los católicos, la práctica más común es ayunar y abstenerse de carne el Miércoles de Ceniza, los Viernes de Cuaresma y el Viernes Santo. El ayuno consiste en tomar algo ligero por la mañana y por la noche y comer con austeridad a medio día. Algunos con mayor fuerza de voluntad hacen ayuno completo, pero la Iglesia cuida que nunca se atente contra la propia salud.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Navidad en Familia


En Navidad celebramos que Dios entró en nuestra historia. Que “en Jesús Dios se encarnó, se hizo hombre como nosotros, y así nos abrió el camino hacia el Cielo, hacia la comunión plena con Él” (Benedicto XVI, 9 de enero 2013).
En Navidad celebramos que Dios quiso hacerse humano en el seno de una familia. Y ahí, en su familia, Jesús aprendió a pronunciar palabra y a dar sus primeros pasos; a obedecer y a trabajar; a orar y a cumplir la Ley. En su familia Jesús conoció el valor de la verdad, del amor y la justicia; el valor del respeto, de la solidaridad y de la paz.
La Navidad es un tiempo especial para celebrar en familia. Pero también para contemplar las virtudes de la Sagrada Familia de Nazaret, que hoy más que nunca se convierte en modelo de toda familia humana.
La Navidad es un tiempo para recordar que “la familia es un fundamento indispensable para la sociedad y los pueblos, así como un bien insustituible para los hijos, dignos de venir a la vida como fruto del amor, de la donación total y generosa de los padres.
Como puso de manifiesto Jesús honrando a la Virgen María y a San José, la familia ocupa un lugar primario en la educación de la persona. Es una verdadera escuela de humanidad y de valores perennes” (Benedicto XVI, 19 de enero 2009).
Celebremos en familia el nacimiento de Jesús. Y dispongamos nuestro corazón para que renazcan en él los valores que Jesús aprendió en su familia: la verdad, el amor y la justicia; el respeto, la solidaridad y la paz.
Publicado en Profeta.

Cooperación Anual Diocesana: Ayúdanos a ayudar


El Diezmo es una responsabilidad del católico para apoyar las obras de Evangelización y de Caridad que realiza la Iglesia.
Se trata de una cooperación anual que se realiza en todas las parroquias de la diócesis y se hace llegar al Obispo para que se administre justamente bajo su supervisión.
Esta práctica ya existía en el Antiguo Testamento. Era la “décima parte” de las ganancias que se destinaba a los miembros de la tribu de Leví que, por dedicarse al culto, se habían quedado sin propiedades al repartirse la tierra de Canaán. Posteriormente también se destinaba para ayudar a los más necesitados, especialmente a las viudas y a los huérfanos.
En el Nuevo Testamento no se habla del diezmo como medio para sostener económicamente a los ministros de culto, pero sí se hace hincapié en el espíritu de solidaridad que motivó a muchos cristianos a vender sus bienes para socorrer a las necesidades de los hermanos.
Actualmente, cuando la Iglesia Católica utiliza la palabra “diezmo” no le atribuye el sentido originario de “décima parte”. En México, el diezmo anual corresponde a lo que gana el feligrés en un día de trabajo, y que ha de compartir en conciencia para que su comunidad haga frente a las necesidades más urgentes.
La Diócesis de Tepic necesita de tu ayuda. Para llevar a cabo la Evangelización y la Caridad son necesarios los recursos humanos, espirituales, pastorales y económicos. Comparte tu diezmo con tu Obispo durante el mes de diciembre. La Divina Providencia te lo recompensará.

Publicado en Profeta