Enrique Peña Nieto no es precisamente el candidato más
brillante que el PRI, en su larga historia, haya regalado a la Nación. Sin
embargo, después de unas elecciones que causaron dudas, conflictos y sospechas,
hoy primero de diciembre se convertirá oficialmente en el Presidente de los
Estados Unidos Mexicanos.
Nuestro deseo es que la sucesión presidencial se dé en un
ambiente de paz y que el nuevo Presidente asuma las riendas del País, le
devuelva la seguridad y lo conduzca al desarrollo. Él lo prometió en su
campaña.
No será fácil para Peña Nieto. No bastan las palabras para
transformar el País. Y el cambio que le urge a México no se puede dar de la
noche a la mañana.
Por eso, ante la realidad de nuestra Nación y ante el inicio
del gobierno de su nuevo Presidente, bien vale la pena tener esperanza, pero
también involucrarnos más en la vida pública.
Si bien es cierto que mucho depende de la “cabeza”, de sus
colaboradores en la dirección del gobierno y de las estrategias que éstos
asuman, es igual de verdadero que todos somos corresponsables en la
construcción de una nueva sociedad.
Nuestra participación en política no se terminó el día de las
elecciones. En la vida pública, las personas, las familias y las agrupaciones
tenemos mucha responsabilidad. Como bien afirmó el Papa en nuestra tierra: es
necesario hacer un “esfuerzo solidario que permita a la sociedad renovarse
desde sus fundamentos para alcanzar una vida digna, justa y en paz para todos…
La Iglesia exhorta a todos sus fieles a ser también buenos ciudadanos,
conscientes de su responsabilidad de preocuparse por el bien de los demás, de
todos, tanto en la esfera personal como en los diversos sectores de la sociedad” (Benedicto XVI,
26 de marzo 2012).
Publicado en Profeta
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